Hay algo profundamente irónico en la escena musical peruana: tenemos público, tenemos consumo, tenemos hambre de experiencia en vivo… pero no tenemos dónde canalizarlo. Mientras miles de peruanos cruzan la frontera para vivir Lollapalooza Chile en Santiago, el país se consolida como un curioso caso de éxito: una nación que exporta asistentes, no festivales. Porque no se trata de gusto musical ni de falta de interés. Se trata de una demanda real que simplemente no encuentra estructura local que la sostenga.
Sin embargo, reducir el problema a “no hay festivales grandes” sería simplificar demasiado. Levantar un evento de esa escala implica mucho más que traer artistas: requiere infraestructura, planificación urbana, seguridad, políticas culturales claras y una industria que funcione como engranaje, no como piezas sueltas. Y ahí es donde el Perú se traba. No es que no se pueda hacer; es que no se ha construido el ecosistema para que ocurra. Mientras otros países llevan más de una década afinando ese modelo, aquí seguimos resolviendo todo como si cada concierto fuera el primero.
Al final, la postal es incómoda pero clara: el talento existe, el público también, pero el sistema no acompaña. Y mientras eso no cambie, el Perú seguirá siendo un país donde la música se vive… pero en otro lado. Porque el verdadero problema no es que no llegue un festival como Lollapalooza. El problema es que, hoy por hoy, el Perú está mejor preparado para llenar festivales ajenos que para crear los suyos.
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